miércoles, 20 de abril de 2022

Ejercicio 3(a)

Ejercicio: Luego de leer un cuento o un capítulo, al menos, de un texto representativo del best-seller, a) escribir, como imitación del lenguaje y la composición argumental, un texto similar, y entonces b) convertirlo en otro texto personalizado, de estilo propio

Parte a: La historia del Loco -John Katzenbach. Capítulo 1, versionado por mí mismo (que también es traducido porque lo leí en inglés para darle más naturalidad a la narración, para que saliera más orgánica, más propia, más mía, más con mis palabras, más parodia que imitación, aunque igual conservo la trama, reduzco la extensión y mantengo algunos elementos del ritmo)

Las voces ya no están. No están más conmigo. Al igual que mi esperanza, se han ido. Hace mucho tiempo que se fueron ya, más precisamente cuando las reemplacé por las pastillas que debo tomarme cada ocho horas, todos los días de la semana, todas las semanas del año, todos los años que me restan de vida. El caso es que las voces ya no están y de verdad que en este momento me hacen falta, estoy seguro de que ellas me ayudarían a narrar esta historia, sin ellas me siento un poco perdido, sin rumbo, no sé por dónde empezar, no sé cómo llegar a la mitad y mucho menos al final de esta historia, pero bueno, esto es lo que hay. Quizás podría decir que extraño mi esquizofrenia, que extraño las voces, que la sensación impuesta por la sociedad de “ser normal” no me pertenece, no soy yo, quien quiera que sea la persona que está detrás de estas líneas, no soy yo. A lo más, se trata de un residuo, un desecho, no lo sé, lo único que sé es que las extraño. Hay que ser un loco de remate para decir que se extraña estar loco de remate, pero igual supongo que en esto consiste la locura, si es que consiste en algo. Lo informe, lo anormal, lo que no tiene ninguna función ni objetividad, lo que se derrama como el agua que busca siempre cómo fluir a pesar de que no encuentre un “camino más fácil”, eso es lo que los esquizos llamamos hogar. Esa es nuestra cotidianidad, el terreno en el que nos sentimos cómodos. Pero la locura ya no está, lo que queda es un residuo, ah, eso y las malditas pastillas que debo tomar.

A veces extraño las voces, casi siempre, pero otras veces, lo debo decir con toda sinceridad, le agradezco con todo mi ser a la farmacéutica depredadora de vidas imaginarias, de locuras, de amigos fieles que no existen más que dentro de los intersticios de las neuronas de los desequilibrados, le agradezco por callarlas, sobre todo porque algunas voces, las menos amables, disfrutaban de gritarme y darme órdenes de corte militar: “asesina a este, rómpele la cabeza a aquel, salta por el balcón”, o de plano juzgarme: “estúpido, idiota, inútil, eres una vergüenza, un desperdicio, la basura tiene más valor que tú”. Nunca dejó de causarme cierta gracia que las voces más agresivas le pertenecían a los personajes que cualquier persona cuerda imaginaría como las más compasivas. Cuando es el mismo Jesucristo el que te insulta a gritos y te ordena asesinar niñas pequeñas, estallarles el cráneo contra el pavimento, sabes entonces que algo no funciona del todo bien en tu cerebro. Pero eso es lo que hay. Lo que había, porque las voces ya no están.

La vida de un esquizo que ha salido del manicomio, o mejor dicho, lo han sacado a la fuerza, es un poco plana, aburrida, es monotonía sobre la rutina, envuelta en un poco de opacidad marrón sin sentido. El gobierno me paga por estar loco, lo cual de por sí ya es una muestra de que la sociedad en sí misma está un poco insana, deschavetada, está fuera de todo su maldito sentido. Pero es así. Recibo una pensión mensual vitalicia por el simple hecho de tener voces amigas, voces enemigas, voces que ya no están, voces, voces, voces, voces en mi puta cabeza. Además, los del gobierno pagan la habitación mohosa y fría del primer piso del inquilinato en donde vivo, lo cual facilita bastante mi existencia. Pero también le quita una buena parte de la emoción. A veces siento envidia por quienes tienen que partirse el lomo todos los días para obtener las monedas que les evitarán dormir en el cruel frío de las calles, si es que acaso pueden dormir, los imagino a los pobres bastardos mirando por encima del hombro, mirando con ojos en la espalda, mirando con miedo y desconfianza a todo lo que se mueva, saben que en cualquier momento puede llegar la muerte a cagárselos, puede llegar disfrazada de una camioneta blanca sin placas, un policía ebrio de violencia y sediento de sangre y bilis ajenas, incluso propias, disfrazada de otro desgraciado que se quedó sin cómo pagar la habitación de hotel barato del centro, disfrazada de un perro o una rata rabiosa. En últimas, si no fuera por la locura del gobierno que me paga por estar loco, seguramente yo sería uno de esos infelices que sobreviven en la calle, sin saber cuál instante será el último de sus vidas.

Tengo familia, tengo dos hermanas, ambas mayores que yo, ambas casadas con tipos exitosos que construyeron toda su fortuna a partir de la grandiosa ventaja de no tener al Mesías susurrándoles al oído sugerencias de sacarle las tripas al primer peatón que se atraviese. Para mí es perfecto y claro que ninguna de las dos me quiere, y las entiendo, quién quiere querer a un loco, un despojo desahuciado de su único hogar, el sanatorio. Sin embargo, algo, quizás las propias voces de sus cabezas, la culpa que les taladra las sienes cada domingo en la iglesia, no sé, lo que sea, algo les dice que deben hacerse cargo de mí, de alguna manera. Cada tanto me visitan, por separado, obviamente, y me intentan hacer la charla, me preguntan trivialidades, seguro los del sanatorio les dieron el guion de las cosas que me pueden decir y las que no, los temas que deben tocar y los que deben evitar, los psiquiatras se creen con la potestad de decidir qué se debe decir y qué no, y pues bah, si creen que tienen el derecho divino de decidir quién está cuerdo y quién está loco –entiéndase cuerdo igual a funcional al sistema- no me extrañaría que se crean también los dueños de lo que debe y no decirse. Pero me perdí en las ramas. Estaba contando que mis hermanas de vez en cuando me visitan, me traen algunos pesos y la ropa que sus maridos exitosos, no esquizos, ya no usan. Eso es todo. Mi vida es un moho color mierda pálida que no tiene ninguna novedad, me paso los días caminando por ahí, repitiendo la rutina, los lugares, los parques. De vez en cuando soy testigo de algún delito. Me gusta delatar a los criminales, me gusta ver sufrir a la gente, en todo caso es gente que no conozco, no me importa, me da igual, los brutos tienen el fútbol y la política, yo tengo las desgracias de las ratas. Antes tenía a las voces, pero ya no están. A veces las extraño, a veces simplemente me da igual.

El moho color mierda pálida que es mi vida, por lo general no tiene novedad. Pero un día sí hubo novedad. Estaba revisando las cartas que llegan en paquetes cada dos semanas, más o menos, principalmente cartas promocionales de artilugios baratos que a nadie podrían interesar, ni siquiera al más puto loco del manicomio más puto desquiciado del más puto psicópata país del más puto sádico planeta del sistema solar más puto enfermo y desgraciado de un universo decadente y sin propósito. También llegan los comprobantes de que el gobierno sí cumplió con la promesa electorera de pagarme la manutención a mí y a las decenas de miles de inútiles, perdón, “discapacitados” que contaminan las que, de otro modo, serían calles y plazas prístinas, desbordantes de gente honesta, trabajadora y cuya alma es devorada día tras día por las fauces siempre hambrientas del sistema. Siendo esta la naturaleza de la correspondencia que me llega cada dos semanas, desarrollé el muy saludable hábito de tirar todo a la basura sin siquiera abrir los sobres, sin siquiera darles la más mínima importancia. Pero había esta vez algo nuevo, un sobre diferente, elegante, papel fino, jamás en veinte años de desahucio recibí nada escrito en papel fino, lo cual inevitablemente llamó mi atención. Además los bastardos habían escrito bien mi nombre, ¡já! Esa sí que era una novedad, más que la carta misma. Un nombre como el mío es especialmente susceptible a ser interpretado en un millón de formas distintas. Ahí estaba el sobre, el pedazo de papel caro que ponía: “JOHNNY TRIPASECA XAVIOLO”. Naturalmente la leí. ¡Sorpresa, sorpresa! Era otra comunicación proveniente del estado.

Buenos días señor Johnny Tripaseca Xaviolo

Por medio de la presente queremos invitarlo al evento de remembranza del Hospital Cumbres Nevadas, con motivo del vigésimo aniversario de su clausura. Se ofrecerán charlas, ponencias, recorridos guiados y se ofrecerán bocadillos a los participantes. Además se compartirán las experiencias vividas por quienes hicieron parte de la historia del Hospital, el cual será demolido para dar paso a un centro comercial. Esperamos con gran entusiasmo su participación, la cual seguramente ayudará a enriquecer la experiencia para todos los demás asistentes al evento. La información de contacto se encuentra anexa en esta misma comunicación.

Cordialmente

El loquero del manicomio que odias con tu puta vida

 

Me quedé mirando el pedazo de papel un buen rato, como una hora, o quizás fueron solo diez segundos. Con tanta droga es difícil mantener una noción del tiempo coherente. Me quedé mirándola y recordando los años en los que ese agujero infecto de locura y gérmenes fue el único lugar al que podía llamar hogar. Me reí a carcajadas tan solo de contemplar la idea de regresar a ese nido de perversión del cual el estado me obligó a salir hace veinte años. Veinte años vuelan, y apenas hoy noté que nunca más volví siquiera a acercarme al menos a cinco kilómetros de la colina donde estaba ubicado el Cumbres Nevadas. Qué nombre tan poco original, es inmediata la analogía a la novela de Emily noséquién, novela que por cierto nunca leí, solo la escuché nombrar un par de cientos de veces en voces de un par de cientos de idiotas que creían que eran los primeros en notar que el nombre del hospital hacía alusión a la novela de la tal Emily meimportaunculo. Me reí a carcajadas y hasta lloré de la risa. Estoy seguro de que si las voces estuvieran conmigo, también se habrían cagado de risa, Hitler, Jesucristo y la anciana del tercer piso, llorando de risa por la simple mención de la idea de hacerle una visita morbosa a las ruinas de un manicomio clausurado. Cuando la risa se detuvo, agarré el teléfono y sin pensarlo digité los números que estaban en el anexo de la carta. “Sí, será todo un gusto y un placer asistir” dije, justo antes de colgar en un impulso tan repentino como el de llamar. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué llamé? ¿Serán las voces las que llamaron por mí, se sintieron invitadas a las profundidades de mi cráneo putrefacto por la droga –la medicina- debido a la simple mención del hospital, la cárcel de baldosas blancas donde fueron reyes, princesas, dictadores, hombres y mujeres poderosas, insignificantes, irrelevantes, gobernantes, huéspedes y dueñas de una mente enferma, mi propia mente, que no era mi propiedad sino la de ellas? Si las voces me querían de vuelta en el Cumbres Nevadas, allá estaré. O tal vez no.

 

lunes, 18 de abril de 2022

Definitivamente bueno

Ocurrió un milagro aquí en mi propio mundo

En mi doméstico planeta Tierra

Cosas que siempre pasan entre bodhisattvas de todo calibre

Surge una pregunta para el Buda, ¿verdad?

Bueno, ok…

Parece que uno de los tipos no se creía el Dharma

Le pregunta al otro, a su compadre

También un bodhisattva

Si alguien es capaz de alcanzar

El estado del Buda en un instante

Cuando de repente empezó a escucharse

Al lado suyo, entre los practicantes

Hablándole directamente al Honrado por el Mundo

Quién más sino su propia hija

¿Entendés?

Una nenita de ocho años

Alcanzando la Iluminación perfecta

Y el tipo que era un hombre de poca fe

Pero, el Dharma, esa enseñanza descendiente directa de orientales

Qué sé yo, le dimos algo en nuestras vidas pasadas

Y nos dio algo a cambio

Por eso dedico todas mis palabras a los practicantes ausentes

Y a los grandes bodhisattvas que… parece que me están mirando

 

Definitivamente bueno, me acompaña el sonido de los mantras

Definitivamente bueno, ruge el relámpago y el trueno

La paz en todos los chakras, y el regocijo de la sangha

Hoy reconozco la sabiduría como espejo

Y digo, ¿es que estoy muerto? ¿Es esto un sueño?

Y los oyentes rectos, que son la sangha, contestan

Definitivamente bueno

Todavía estoy vivo, me lo recuerda el trueno

Los méritos me los dieron las treinta y dos marcas

No estoy solo, está la sangha con sus mantras

Esa especie de suspiro de aire comprimido y expansivo

Chau trueno, no digas que sobre tu voz no resueno

Prefiero tu rugido antes que el engaño del samsara

Pregunta, ¿por qué samsara termina en Sara?

Qué pena recordar a Sara cada vez

Que se habla del engaño, la ilusión o la ignorancia

Los oyentes rectos que son la sangha

Contestan con elegancia

Definitivamente bueno

Al chakra de tu garganta le está faltando un OM

Dice la sangha agregada en cinco skandhas

Diamantes, los de Vajrasattva

¿Está bloqueado?

¿Es un mandala tu vulgar arte?

Engañarte o Iluminarte

Dice la sangha, sin ninguna clase de esperanza

La sangha será despedida

Prefiero el ruido de la lluvia

La tormenta eléctrica repite el trueno

Su repentina e improvista melodía

Que dice

Definitivamente bueno

Es este Dharma

Que es de todos 


(Esto es un ejercicio narrativo, es un capítulo del Sutra del Loto narrado con la estructura y estilo de la canción "Qué ritmo triste" de Andrés Calamaro. "Definitivamente bueno" es una expresión que se usa a lo largo de todo el Sutra para certificar la profunda sutileza del Dharma del Gran Vehículo). 


lunes, 20 de diciembre de 2021

Luz de las estrellas

1

En el atardecer del día más largo del año, el sol aguamarina aún bañaba con rayos de múltiples colores a un cielo que entraba con paciencia hacia la noche. Una imponente montaña blanca resguardaba, con su presencia protectora, a la multitud de aldeas circulares que se extendían en todas las direcciones. Las aldeas eran neuronas y los caminos que las conectaban eran el sistema nervioso de un planeta exultante de vida. En el centro de todas las aldeas reposaba un mandala de piedras talladas con exóticas formas de animales, pintadas en patrones únicos y en diferentes colores, posicionadas para reflejar la ruta de los astros en el cielo. De día, las aldeas actuaban como las hojas de un árbol alimentado de sol. De noche, el árbol se convertía en un río fluorescente, una red neuronal que despertaba de su sueño para expresar pensamientos y sentimientos de gratitud y amor universal en forma de hilos tenues de luz, manando desde las piedras hacia cada uno de los hogares de cada una de las aldeas.

Los Camaldari habían aprendido los secretos del arcoíris y la galaxia hacía ya varias eras. No necesitaban maltratar a su planeta materno para lograr las más grandes proezas. Sabían cómo usar la posición de las estrellas y los infinitos colores contenidos en la luz del sol aguamarina para crear una vida llena de bienestar para sí mismos y para todos los seres vivientes que compartían su existencia en aquella diminuta isla, en medio del vasto océano de su galaxia.

En una meseta, en lo más alto de la montaña, descansaba un templo que había sido construido con las mismas piedras blancas que adornaron desde siempre la desnudez milenaria de su cima. El templo fue alineado para coincidir con los eventos más relevantes del dominio de los cielos: la salida de la primera luna en el día más largo, el amanecer del sol aguamarina cuando el día y la noche eran iguales, y el ocaso de la segunda luna en la noche más larga. Miles de años de contemplación y meditación sobre la naturaleza de la luz permitieron a los Camaldari coordinar sus construcciones con la arquitectura misma del cosmos.

El templo tenía cuatro entradas y una salida. Dos de las entradas estaban alineadas con los polos celestes y las otras dos señalaban los arcos por los que se mueve la línea imaginaria que une a los atardeceres y los amaneceres. La única salida del templo se encontraba en su cúpula. Cuatro fuentes de azulejos multicolor, que representaban el fluir y devenir de los cuatro elementos, habían sido instaladas en puntos intermedios entre las cuatro entradas.

En el centro de esta configuración óctuple, un viajero interestelar yacía desnudo, boca arriba, con su mirada fija en la cima abierta de la cúpula, en la luz de las estrellas. El Maestro, un anciano de piel verde y larga barba blanca, estaba terminando de trazar una espiral con un polvo de mineral negro. La espiral descendía desde la cúpula abierta hasta posarse en la frente del viajero. Doce pebeteros de un fuego sagrado, una sola vez encendido y jamás extinguido, creaban un espacio circular que les mantenía aislados y protegidos del resto de Camaldar.

La primera luna ya no tardaría en salir.

Una estrella amarilla amaneció en la frontera de la apertura cenital.

-          Recuerda. Debes encontrar la piedra que es fuego y agua – dijo el Maestro.

-          Debo encontrar la piedra que es fuego y agua – repitió el viajero.

-          Luego debes entregársela a la flor de la mañana – dijo el Maestro.

-          Luego debo entregársela a la flor de la mañana – repitió el viajero.

-          Bajo la luz del arcoíris lunar.

-          Bajo la luz del arcoíris lunar.

-          Ella sabrá qué hacer.

-          Ella sabrá qué hacer – repitió el viajero.

La estrella amarilla se encontraba ya a medio camino hacia el centro de la cúpula.

-          Cierra los ojos y reposa en la Luz Clara – solicitó el Maestro.

El viajero cerró los ojos de su cuerpo y, con el ojo de su mente, pudo ver una boca que se abría para iniciar una sonrisa, como se abre la flor que anuncia el amanecer de la primavera. Una mirada sutil, cautivadora, como la luz de las estrellas, se fijó directamente en el ojo de su mente.

-          Ahora tienes el recuerdo de la flor de la mañana. Olvidarás todo lo demás, pero su mirada y su sonrisa no la olvidarás – dijo el Maestro.

-          ¿Cómo recordaré la piedra que es fuego y agua? – preguntó el viajero.

-          No te preocupes, Sittvalar. Para recordar tienes que olvidar. Esta noche te ayudaré a olvidar. Cuando sea el momento adecuado, también te ayudaré a recordar. Ahora siéntate.

Sittvalar, el viajero, se levantó y bebió de un recipiente esférico que le acercó Valotessvara, el viajero interestelar más experimentado entre todos los Camaldaris. Sittvalar cayó inconsciente con los ojos bien abiertos. Valotessvara, el Maestro, lo giró para dejarlo descansar sobre su costado derecho. La estrella amarilla alcanzó el centro de la apertura cenital. En ese instante, el primer rayo de la primera luna se deslizó por una de las entradas laterales del templo y se dirigió con solemnidad hasta la frente de Sittvalar. Desde allí, el rayo de luna ascendió por la espiral del mineral negro, hasta llegar a la única salida del templo. Cuando la estrella amarilla se fijó en el centro de la cúpula, todas las piedras de la red neuronal en las aldeas se encendieron con un destello puro, intenso, de blanco sagrado.

Mientras esto sucedía, Valotessvara recitó:

Amigo Sittvalar. La luz de las estrellas camina hacia ti para que encuentres los nuevos planos de tu realidad. Tus memorias y tu cuerpo están en el juego de acabar. Te estás enfrentando a la Luz Clara. Estás experimentando el estado de Libertad del ego, donde todas las cosas son como un cielo vacío sin nubes. Tu intelecto desnudo y limpio es como un mar tranquilo, sin olas, sin perturbaciones. Avanza por el camino de luz hacia tu nueva vida que viene, déjate guiar hacia tu nuevo mundo. Si te sientes confuso, invoca las enseñanzas de tu Maestro. No tengas miedo.

2

En el amanecer del día que dura lo mismo que la noche, la mujer llamada Bramoszana caminaba de la mano de su nieto de ocho años hacia el amarillo sol saliente. Se dirigían hacia el Nuevo Templo, construido al aire libre, en el valle donde la cordillera única se dividía en dos y luego en tres. Otras madres y otras abuelas, cientos de ellas, también llevaban a sus hijos y a sus nietas hacia el mismo lugar. Algunos de los niños y adolescentes ya habían servido a otros viajeros, pero esta era la primera vez que el nieto de Bramoszana iba a ser testigo de la llegada de un hombre de las estrellas. Todo el camino estaba adornado por una serie de enormes piedras talladas que, con el pasar de los meses y los años, tomaron formas de animales.

La comunicación con las personas de otros mundos se había establecido por primera vez cuando ella, ahora en sus primeros años de vejez, apenas era una niña. Todavía podía recordar con claridad cuando empezaron a llegar los primeros rumores de los hombres y las mujeres de piel verde, seres que llegaban en naves doradas y que aterrizaban en las cimas más altas de las montañas del otro lado de los mares. También recordaba el día en que los Camaldari llegaron a compartir sus conocimientos con los Nisseiri de su aldea.

Su padre había ayudado a tallar y pintar los primeros monolitos con figuras de animales. Los Camaldari decían que estas piedras tenían una función de gran importancia y que todo el propósito de su contacto con los Nisseiri dependía de estos artefactos, aunque los detalles teóricos de la ciencia interestelar solo habían sido compartidos con un puñado de Nisseiri. Dos generaciones después del primer encuentro, los lazos que unían a Camaldar y Nissos eran estrechos. Ambos mundos se nutrían uno al otro mediante el compartir de conocimientos, alimentos, prácticas de meditación y expresiones sinceras de amor y gratitud interestelar.

El mundo Nissar se estaba convirtiendo, lentamente, en un planeta de aldeas circulares conectadas por caminos como las ramas de un árbol, como la cuenca de un río de luz.

Años después del primer contacto, los Camaldari establecieron una escuela para enseñar a los Nisseiri las ciencias de los cielos y las montañas, saberes obtenidos en miles de años de contemplación y meditación. Los mismos viajeros interestelares eran quienes se encargaban de seleccionar a los aprendices Nisseiri con mayor potencial físico y mental para aprender el viaje espacial y el secreto de la armonía con los ecosistemas del planeta natal. Además de Nissos, los Camaldari habían establecido contacto con otros diez planetas. Desde algunos de estos planetas fueron enviados varios grupos de estudiantes a la escuela en la Montaña Ojo del Dragón, construida en la Isla del Centro del Mundo.

Bramoszana ya era una mujer adulta cuando la escuela fue instituida. Por esto le fue negada la oportunidad de viajar al Ojo del Dragón para aprender los secretos interestelares. Pero ella, al igual que todas las mujeres de su pueblo, conocía los secretos micelares de la Madre. Su hija era la sacerdotisa de su pueblo y tenía por misión asistir a todos los Nissar del valle en los rituales de los hongos y las raíces de las plantas. Porque conocía los secretos de la Madre Nissar, nunca se interesó realmente por los detalles de las enseñanzas Camaldari. Para qué viajar por las estrellas si la Madre nos ha enseñado a explorar las entrañas de su infinita mente, pensaba la hija de Bramoszana. Pero la anciana guardaba la esperanza silenciosa de que su nieto aprendiera el viaje espacial y también aprendiera a explorar el interior de la mente de la Madre Nissar. Conocer las enseñanzas milenarias de los dos mundos le garantizaría una situación desde la cual podría servir a muchos seres sintientes en la galaxia.

El nieto de Bramoszana no estaba interesado en nada de esto, solo quería volver pronto a su casa para jugar con los otros niños de la aldea.

-          Ya llegamos, hijo mío – dijo Bramoszana–. Anda, ve con los demás, toma una de las cintas, haz todo lo que te digan y mantén bien portada tu mente. Yo voy a estar pendiente de ti, no vas a estar solo.

El nieto obedeció y tomó en su mano una de las treinta y dos cintas de tela que salían desde la vara metálica que portaba una Nisseiri anciana, a quien había visto ya un par de veces de visita en la casa de su abuela. La vara metálica tenía una corona de flores blancas que salían de una vasija de piedra roja. La vasija estaba pintada con una figura que representaba, en forma de espiral, la unidad del fuego y el agua. El niño se quedó mirando la figura de piedra, fuego y agua. Estaba seguro de que la había visto ya en alguna parte, pero no podía recordar dónde. La estuvo contemplando durante unos instantes, enteramente abstraído del mundo que lo rodeaba, hasta que una visión más impresionante cautivó su atención.

Una niña que jamás había visto antes en la aldea, más o menos de su misma edad, vestida completamente de amarillo radiante como el sol que amanecía tras el templo, también sostenía una de las treinta y dos cintas y también estaba absorta en la contemplación de la figura de piedra, fuego y agua. Al verla, el nieto de Bramoszana sintió algo que jamás había sentido en sus ocho años de vida. Un rayo eléctrico que nació en su coronilla, como llegado del cielo, recorrió toda su espalda y se dividió hasta llegar a sus pies, para volver de regreso a la coronilla, no sin antes pasar por su joven corazón, que latió con tanta fuerza y velocidad que el niño sintió desfallecer. Su cuerpo se sentía caliente y frío al mismo tiempo. Sus manos temblorosas sudaban y desde entonces no pudo dejar de pensar, sentir y anhelar nada y nadie más que no fuera la niña vestida de sol. Todos los demás niños desaparecieron, todos los adultos, las madres y las abuelas, la mujer de piedra que había sido tallada por los Camaldari de piel verde en la roca de la montaña por donde estaba saliendo el sol en ese instante, los monolitos de animales terminados, los monolitos sin terminar, todo dejó de existir en la mente del nieto de Bramoszana. En ese momento, la niña vestida de sol ocupó toda la profundidad del Universo.

La mujer anciana que llevaba la vara metálica dio la instrucción y todos los asistentes empezaron la procesión por la orilla del río que dividía la cordillera en dos y luego en tres. El niño caminó por simple inercia, cantó los mantras Camaldari por reflejo automático, siguió las instrucciones sin ser consciente de que estaba sirviendo a la llegada de un Maestro respetado por seres de múltiples planetas en múltiples estrellas que radiaban en todos los colores del arcoíris. Él estaba concentrado en esa pequeña mujer quien, de vez en cuando, lo miraba y sonreía. La sonrisa de esa niña era como la flor que abre sus pétalos en la primera mañana de la primavera, sus ojos eran como la luz de las estrellas más brillantes de todo el firmamento.

Los niños, las madres, las abuelas y los Camaldari le dieron cuatro vueltas a la montaña tallada. El sol entró con resolución en la bóveda celeste y el viajero del espacio llegó a las tierras de la Madre Nissar en una nave dorada que apareció en un rayo instantáneo de luz de arcoiris. Pero el nieto de Bramoszana no se inmutó. Para él, las largas horas de procesión alrededor de la montaña duraron lo que duran dos latidos del corazón y un suspiro, un suspiro que se prolongó por toda una eternidad. El nieto se sintió como si hubiera encontrado a alguien a quien había buscado durante mucho tiempo en todas y cada una de las estrellas del firmamento.

Cuando la abuela llegó a su lado para llevarlo de vuelta a casa, él solo pudo ver que la niña vestida de sol, la flor de la mañana, había tomado la dirección contraria, de la mano de su mamá, hacia un territorio desconocido.

Al día siguiente, Bramoszana interrumpió el juego de los niños de la aldea. Su nieto estaba actuando un poco extraño, un poco fuera de sí mismo, así que decidió dejarse de artificios y sorprenderlo con la gran noticia:

-          ¡Te eligieron! ¡Te eligieron! ¡El viajero Valotessvara en persona ha solicitado tu presencia! ¡Vas a viajar al Ojo del Dragón!

El nieto miró por última vez con nostalgia a su abuela Bramoszana, antes de subir a la nave dorada del hombre viejo de piel verde y larga barba blanca, junto a otros niños y niñas de otros planetas, ocho estudiantes en total. Antes de que la nave emprendiera el vuelo, la abuela le dijo a su nieto: “Siempre que te sientas perdido puedes volver a las raíces, si le preguntas con amor, la Madre Nissar te contará con amor todos sus secretos”.

Aunque sabía que pasarían largos años sin que volviera a ver a su familia ni a los niños de la aldea, aunque los iba a extrañar a todos, en ese momento, la mente y el corazón de Sittvalar solo pudieron concentrarse en una persona y nada más que en una persona.

3

En la noche más larga del año, ocho jóvenes adultos, los estudiantes más avanzados en toda la Isla del Centro del Mundo, siguieron el paso acelerado del Maestro Valotessvara. Debían llegar al lugar exacto de la montaña en el momento preciso. El grupo se esforzaba por guardar una distancia prudente, respetuosa con el Maestro, sin perder el ritmo. Muy pocas veces se tenía la oportunidad de recibir una lección impartida por alguien tan experimentado en las ciencias espaciales y de la mente, alguien que además estaba involucrado de forma tan significativa en la construcción de la nueva red neuronal planetaria, cuyo objetivo era convertir a Nissos en un mundo excepcionalmente adelantado en los viajes espaciomentales.

Los Camaldari eran expertos en atravesar el vacío del espacio, pero los Nisseiri tenían un conocimiento profundo de la mente viva de su planeta. Esto impulsó de manera acelerada la comunión de saberes entre las dos especies y las propulsó a ambas hacia lo que ya algunos historiadores Camaldari se atrevían a denominar como los albores de una nueva era dorada para la exploración y el conocimiento del Universo.

Por esta razón, los viajeros de otros mundos preferían estudiar en Nissos, una red neuronal en proceso de construcción, en vez de hacerlo en la red Camaldari, ya firmemente establecida. En la tierra del sol aguamarina no había nada parecido al sistema de comunicación bioquímica entre las personas y el planeta mismo que ya se venía desarrollando hacía miles de años en la tierra Nissar. Se creía que la presencia de una única luna supermasiva era la causa de aquella particularidad, pero las ancianas, las guardianas del conocimiento de la Madre aseguraban que el secreto se escondía en las simbiosis entre los hongos y las raíces de las plantas. Quizás en ambas hipótesis se escondía una parte de la verdad integral.

Junto a los tres aprendices Camaldari, había dos mujeres de piel violeta que habían viajado de la lejana Palamnova, un mundo tropical conformado por un grupo pequeño de islas frondosas en medio de mares violentos que cambiaban de colores según la época del año. Las Palamnovas eran efusivas, seductoras y alegres. Como el agua de su mundo, ellas habían aprendido a transformar sus rasgos faciales por medio de colores. Un poco más rezagados, cerraban el grupo dos Azores de un planeta desértico al que se referían siempre como “El Centro”. Los Azores preferían el silencio la mayor parte del tiempo y se sentían especialmente atraídos por la enorme y blanca luna que dominaba el cielo de Nissos. Sittvalar, el único Nisseiri del grupo, también solía permanecer en silencio, aunque era un silencio diferente. No era por costumbre o por presión evolutiva, era más un silencio melancólico. Pero así, casi sin mediar palabras, se ganó la simpatía de uno de los Azores llamado Gontas Sericaj, quien a veces se esforzaba en socializar con los demás aprendices avanzados. El otro Azor nunca se comunicaba más que con el propio Maestro.

Sittvalar mantenía fija su atención en Maisoleia, una de las Palamnovas. Era la primera vez que la veía, pero en su mirada y su sonrisa había algo extrañamente familiar. Sin duda, ella le recordaba a aquella niña que había visto una sola vez en el valle, mientras ambos servían con la energía sutil de sus conciencias a la llegada a Nissos del mismo maestro Camaldari que ahora caminaba delante de ellos. El joven Nisseiri sabía que las Palamnovas tenían la habilidad de reflejar en sus colores el contenido mental de quienes las observaran, por lo que estaba seguro que ella no era la niña vestida de sol, la flor de la mañana cuya mirada le hizo estremecer como nadie nunca lo había logrado. Aun así, su simple recuerdo le mantenía cautivado en la contemplación de la mujer de piel violeta.

El Maestro Valotessvara ralentizó la marcha, dio un par de vueltas en círculos buscando el mejor lugar y se sentó en una roca plana, mirando directamente hacia la gran luna Nissar, que asomaba por una apertura en la roca de la cima de la montaña. Cuando el observador se posicionaba en el lugar y hora adecuados, la luna y la apertura en la roca creaban el efecto visual de un gran ojo cósmico que observaba desde lo más alto la totalidad de la isla. Esto era lo que los Nisseiri llamaban el Ojo del Dragón. Los Camaldari, las Palamnovas y los Azores se apresuraron y formaron una media luna alrededor del anciano de piel verde. Sittvalar tardó un poco más en tomar asiento. Parecía un poco fuera de sí mismo, como si su mente estuviera en otro lugar, en otro tiempo, en otra persona, en alguien que no era el notable Camaldari.

Valotessvara habló entonces:

-          Ya ustedes conocen la ciencia del viaje espaciomental y la función de las piedras talladas, que no son más que los receptores y acumuladores de las vibraciones de luz sutil que llega desde las estrellas. Con la ciencia que les ha sido enseñada a lo largo de estos años, es posible hacer el viaje espacial a la velocidad de la luz, si la configuración de las naves, de los templos y la alineación de las estrellas es la adecuada tanto en el planeta emisor como en el receptor. Pero todavía ustedes no conocen la técnica por la cual se dieron los primeros viajes desde Camaldar hasta los demás mundos de la Red Galáctica. Esta es la técnica que he venido a mostrarles esta noche. Es un secreto muy antiguo que nos fue revelado a nosotros directamente por la luz de nuestro Sol. A su vez, nuestro Sol recibió este secreto de su Maestro, quien a su vez lo recibió directamente desde la Gran Mente Universal. Entre los presentes, y exceptuando a mi humilde persona, solo uno ya conoce y ha puesto en práctica esta técnica para viajar sin las limitaciones del espacio y del tiempo, sin necesidad de más herramientas que la experiencia directa de la Luz Clara.

Los aprendices se miraron entre sí, consternados, confundidos, emocionados, expectantes. Valotessvara continuó:

-          Aquí, junto a todos ustedes y frente al Ojo del Dragón como testigo, vamos a hacerles una demostración de la técnica para viajar instantáneamente a cualquier mundo que ustedes quieran. En este momento necesito la ayuda del único Nisseiri presente en este grupo.

Todos los ojos se posaron en Sittvalar, quien se esforzó para salir de su letargo. Aún un poco sorprendido, se acercó lentamente y se sentó con timidez frente a su Maestro, quien dibujó una espiral en el suelo en dirección hacia el Ojo del Dragón. Le dio a beber de un cuenco esférico y le preguntó, susurrando a su oído izquierdo:

-¿Has encontrado la piedra que es agua y es fuego?

Un nudo se desató en su mente y Sittvalar perdió el aliento. Cayó inconsciente, con los ojos bien abiertos.

Entonces, el viejo sabio de piel verde y barba blanca lo inclinó para que descansara sobre su costado derecho, en una posición en la que la luz de la luna llena pudiera bañar con intensidad su rostro y todo su cuerpo.

-          Ahora les explicaré. Todo lo que nosotros percibimos como materia, tiempo y espacio es la proyección de un holograma creado por la Gran Mente Universal, nocreada, nonacida, autoexistente, sin principio, sin fin. La conciencia existe en infinitos niveles hacia arriba y hacia abajo. El Universo es una canción y nosotros habitamos en una de las octavas intermedias. Con la técnica de respiración adecuada y respetando las enseñanzas más antiguas, es posible llevar el soplo de la conciencia por un circuito espiral que va desde el esternón hasta el ombligo, desde el ombligo a la garganta, luego a la clavícula, a los ojos, después al cerebelo y desde allí a cualquier planeta o sistema estelar deseado. El cuerpo físico puede mantenerse en meditación profunda durante tres de las cuatro fases lunares, por lo que, naturalmente, en nuestro plano de la realidad, esta técnica solo puede aplicarse en planetas con lunas. Si el tiempo de la lunación es excedido, el cuerpo físico muere y el soplo de la conciencia se manifiesta de nuevo en otro cuerpo físico, adaptado a las condiciones ecológicas del nuevo mundo. Pero, ya que el cuerpo físico es memoria, si esto sucede, vendrá una amnesia severa que en algunos casos puede ser total y permanente. Por eso es que esta técnica está restringida a los grandes maestros y a los estudiantes más avanzados, como ustedes, mis queridos aprendices. 

Una vez hechas las explicaciones, se dirigió hacia Sittvalar y habló para él, asegurándose de que todos los demás escucharan las siguientes palabras, habladas por el Maestro del Sol aguamarina mucho tiempo antes de que existiera la vida en Camaldar, en Nissos, en Palamnova y en los demás mundos habitados de la galaxia:

Oh bien nacido, escucha con atención. El fluir de la vida está girando a través de ti. Una demostración infinita de formas y sonidos puros se apodera de tu mente, deslumbrantemente brillante, siempre cambiante. Esta es la Luz Clara. No intentes controlarla, fluye con ella. El éxtasis del fuego orgánico consume todas tus células. Las duras, secas, frágiles cascadas de tu ego están siendo lavadas en el infinito mar cósmico de las creaciones. Siente el pulso del corazón Universal. Deja que el rojo atardecer galáctico barra a través de ti. Fúndete en la luz de arcoíris, en el corazón del río de las formas creadas.

4

Al día siguiente, en cercanías a la cima de la montaña del Ojo del Dragón, los tres estudiantes Camaldari y el Maestro Valotessvara tomaron sus posiciones en los cuatro puntos cardinales de una nave dorada y ovalada, que descansaba sobre una plataforma de mármol recubierto de plata, y empezaron el proceso de activación. Depositaron cuatro piedras pequeñas, también ovaladas, en los cuatro recipientes de la nave. Las piedras cabían en la palma de la mano de un niño y tenían formas espirales, talladas durante miles de años por la acción geológica de Camaldar. Cada patrón era diferente y en conjunto representaban el aire, el fuego, la tierra y el agua, la base de todas las creaciones materiales del Universo. Dentro de la nave estaban los dos Azores y las dos Palamnovas de piel violeta, sentados en el piso, con las piernas cruzadas. El cuerpo de Sittvalar permanecía en reposo, sobre su costado derecho, en el mismo lugar donde lo había dejado el Maestro de piel verde la noche anterior.

Los cuatro Camaldari, tres estudiantes y el Maestro, cantaron los mantras afuera de la nave. Los dos Azores y las dos Palamnovas cantaron los mantras dentro de la nave. Las piedras talladas, esparcidas por toda la Isla del Centro del Mundo, emitieron hacia las diez direcciones del espacio una luz brillante como metal incandescente. La nave se elevó de manera instantánea, sin hacer el más leve ruido. Ni siquiera la fricción entre el aire y las paredes doradas de mineral exótico de la nave produjo sonido ni generó calentamiento de ningún tipo. La acción vibratoria de los mantras, la meditación de los viajeros y de sus ayudantes, el mineral exótico activado por las piedras de motivos espirales, junto a los monolitos tallados con formas de animales en toda la isla, todos en sincronía, hicieron que la nave pasara a otro plano de la realidad, donde la materialidad física y espaciotemporal de Nissos no tenía ninguna influencia sobre el vehículo ni sobre sus pasajeros. El Universo es una canción. Por un pequeñísimo cambio en la afinación de las vibraciones fundamentales de todo el sistema, se lograba la antigravedad y la materia se convertía en luz sutil.

Después de un viaje que duró lo que suelen durar los eclipses en Nissos, la nave fue dirigida, mediante la voluntad conjunta de los cuatro pasajeros, hacia el monte más alto del mundo destino. Una vez posada en la cima, los viajeros salieron con delicadeza de su estado de conciencia alterada, la nave adquirió de nuevo una forma material y estuvo sujeta de nuevo a las ataduras del tiempo, el espacio y la gravedad. Los cuatro viajeros entraron en cápsulas como burbujas de luz blanca translúcida para protegerse de la atmósfera enrarecida y el suelo desértico del planeta más cercano a Nissos, donde ahora se encontraban. Cuando descendieron de la nave, vieron una esfera pequeña de luz dorada intensa que flotaba a la altura de sus ojos.   

-          Bienvenidos a Ngoatare – dijo la luz dorada, sin utilizar palabras–. El Maestro Valotessvara me ha pedido que les informe sobre la naturaleza de sus misiones aquí. Las dos Palamnovas deben encontrar la Fuente y lograr que cambie de color como lo hacen los mares de su mundo. Gontas Sericaj, tú y yo visitaremos el Portal, allí fundiremos el contenido de nuestras mentes en la Luz Clara.

Sabiendo que Blor Tasaf, el otro Azor, no disfrutaba compartir sus pensamientos, la luz dorada le pidió directamente, sin que los demás lo percibieran, que hiciera una fogata y se quedara resguardando la nave. También le indicó practicar su meditación con ayuda de las visiones formadas en las tormentas de arena. Las dos Palamnovas emprendieron su camino, siguiendo la dirección de la estrella más brillante del cielo. Gontas Sericaj y la luz dorada tomaron la dirección contraria.

El Azor y la esfera de luz se movieron durante un día y una noche por las arenas rojas del desierto, hasta llegar a una cueva a la cual se adentraron en silencio, guiados por un destello azul que manaba desde sus entrañas. Poco a poco, el destello tomó la forma de un disco que a cada paso se hacía más y más grande. Cuando llegaron al final de la cueva, vieron que el destello se había convertido en una ventana circular brillante cuyo diámetro doblaba la estatura de Gontas Sericaj, quien era el más alto entre los discípulos del Maestro Camaldari.

Gontas Sericaj cantó un mantra, mientras que la luz dorada empezó a crepitar con más intensidad, hasta convertirse en un blanco tan brillante como las piedras de la Isla del Centro del Mundo cuando empezaban el proceso de activar las naves de los Camaldari. Permanecieron de esa manera durante medio día frente al Portal, sin decir palabras ni transmitir pensamiento telepático alguno.

De vuelta hacia la nave, Gontas Sericaj miró hacia la profundidad de las estrellas en la noche roja de Ngoatare, recordó en voz alta y dijo las palabras “Flor de la mañana, luz de las estrellas”. En ese momento y por un instante, Sittvalar brilló con la luz de todos los colores del arcoiris. Luego volvió a su color dorado natural.

Los viajeros se reunieron junto a la nave en la cima del monte, compartieron la comida que había preparado Blor Tasaf y decidieron reposar hasta el amanecer. Los Azores se dieron la espalda el uno al otro y se dejaron absorber en sus propios pensamientos. La luz dorada permaneció inmutable. Las dos Palamnovas fundieron sus burbujas y se recostaron una frente a la otra, viéndose a los ojos. Se besaron, se acariciaron y estuvieron juntas toda la noche, recorriéndose a sí mismas con sus manos, con sus bocas, con la totalidad de sus cuerpos, cambiando el color violeta de sus pieles en juegos rítmicos de armonía cromática, gimiendo, susurrando, disfrutando sin descansar la una de la otra.

Cuando amaneció y los demás ya estaban dentro de la nave, Maisoleia fijó su mirada en Sittvalar, quien la había estado mirando fijamente frente al Ojo del Dragón tres noches atrás. La Palamnova había percibido que Sittvalar estaba reflejando en ella a alguien más, justo antes de ser transformado por su Maestro en una esfera interplanetaria de luz dorada. Sin pronunciar palabra, Maisoleia emitió desde su rostro un destello breve, una sonrisa sutil como la flor de la mañana, una mirada cautivadora como la luz de las estrellas. Luego dio la vuelta, la nave se cerró y se desprendió de la influencia espaciotemporal del planeta Ngoatare, al ritmo de los mantras que reverberaban en su interior. Sittvalar los vio partir, brilló con luz violeta y se diluyó lentamente hasta extinguirse, como la fogata que había encendido el Azor a su llegada y que ya no tenía más combustible para calentar ni iluminar.

5

Un Camaldari y un Nisseiri se movieron a pie, durante toda la mañana del día que dura lo mismo que la noche, desde una playa de arena blanca y muy fina hasta la cima de la montaña más alta, donde pudieron divisar casas circulares de paja dispersas a intervalos regulares por toda la isla. A lo lejos se veían otras islas, centenares, miles de islas flotando en un mar violento que se encontraba en lenta transición desde el violeta al verde esmeralda. Se detuvieron un momento para descansar y beber un poco de agua. Luego empezaron a descender, entre los árboles del frondoso bosque tropical, hasta llegar a la orilla de un río multicolor, calmado, que se deslizaba sobre sí mismo sin ningún afán de unirse al agitado mar que se encontraba a media tarde de distancia.

El Maestro miró a su aprendiz a los ojos.

-          ¿Recuerdas tu nombre? –preguntó.

-          No.

-          ¿Sabes dónde estamos?

-          No.

Aunque era joven, el semblante del aprendiz era el de un anciano desahuciado, al que se le ha informado que solo le quedan pocos días de vida, alguien que no tiene ninguna posibilidad de poner en orden sus asuntos antes de encararse a lo inevitable.

-          Sígueme – solicitó el Maestro.

El aprendiz se subió a un pequeño bote inflable para una sola persona y remó con sus propias manos, más bien con cierto desinterés, sin intentar alcanzar al hombre viejo de piel verde que le servía de guía, quien también se había embarcado en un bote similar. La corriente del río los recibió con un abrazo fresco. Ahora se dirigían ambos, sobre aguas tranquilas, hacia la playa de arena fina que marcaba el límite entre el río apacible y el mar violento. Cuando la corriente finalmente llevó al aprendiz junto a su Maestro, este lo miró a los ojos y le dijo: “ahora recordarás y volverás a ser quien eras”. Luego, empujó con delicadeza el bote inflable de su aprendiz, un toque muy delicado pero con el impulso suficiente para desviarlo de su curso y dejarlo atrapado en un remolino del cual no pudo salir con la fuerza de sus brazos.

La abulia empezó a convertirse en desesperación cuando ya no pudo ver el otro bote en el horizonte y se encontró a sí mismo solo, perdido, sin ayuda de ningún tipo, en un remolino que le impedía avanzar o retroceder, en medio de un mundo desconocido. Así que decidió lanzarse al agua multicolor, sin tener idea de su profundidad. Sin saber nadar, usó toda la fuerza de sus músculos para empujar el bote fuera del remolino y retomar la corriente tranquila del curso principal.

Río abajo, la corriente lo empujó hacia un árbol caído sobre el agua. Sin remos, sin ningún sistema de dirección, solo con la fuerza de sus brazos, la colisión fue inevitable. Las ramas del árbol golpearon todo su cuerpo y le dejaron sendas marcas en su piel. Cuando logró salir de la espesura de hojas, ramas y madera en putrefacción, vio en su regazo una araña enorme, roja y negra, de patas largas y cola abultada. En un primer momento se asustó, pero comprendió que la araña era un reflejo de sí mismo. Si él estaba asustado, la araña también lo estaría. Si él la atacaba, la araña podría envenenarlo y matarlo. En el fondo, él no quería morir. Después de mirar fijamente a la multitud de sus ojos, tomó una rama que flotaba junto a él y la ofreció al animal. La araña se subió a la rama y él la dejó, con cuidado, en la orilla más cercana. El río siguió llevándolo con paciencia hasta el mar.

Con el pasar de la tarde comprendió que la corriente es inevitable y que no hay ningún mérito en resistirla ni en rendirse ante ella. Debía aprender a adaptarse, a empujar suavemente, con delicadeza y astucia, para usar el impulso del agua a su favor. La corriente era el Tiempo. Y el Tiempo podía ser su mejor aliado o su peor enemigo. Debía aprender a recordar y a vivir con sus recuerdos, sin rechazarlos, sin aferrarse a ellos, tan solo impulsándose con sutileza en su fluir para seguir avanzando sin quedar atrapado en remolinos, en escombros ni en memorias venenosas. Su mente recordó la fusión con Maisoleia durante el viaje a Ngoatare y su corazón decidió que no tenía sentido abandonar la corriente de la vida por el recuerdo de un anhelo frustrado.

En el lugar donde el río calmado divide la playa y se une con el mar violento, su Maestro lo estaba esperando.

-          ¿Sabes dónde estamos? – preguntó.

-          Estamos en… estamos en Palamnova. Me trajiste aquí para que mi corazón se desprendiera de la luz de Maisoleia, Me trajiste aquí para lavarme en el río multicolor y ayudarme a encender de nuevo el fuego que yo mismo extinguí en el viaje al desierto del mundo rojo.

-          Así es – respondió el Maestro. – Las Palamnovas aman fundirse con todos los seres que les abran las puertas de su luz interna. Esto no es malo ni es bueno. Simplemente esa es su naturaleza. Como la araña que encontraste hace unos momentos, ellas reflejan lo que tú les das. Tú le diste a ella un anhelo que te acompaña desde hace muchos años y ella te devolvió ese mismo anhelo, amplificado. ¿Recuerdas tu nombre?

-          Mi nombre es Sittvalar y vengo del mundo Nissar. Pero no entiendo a qué te refieres cuando me dices que yo le di a Maisoleia el reflejo de un anhelo que he llevado conmigo desde hace años. No recuerdo haber sentido antes lo que sentí con ella.

Valotessvara quedó desorientado y confundido ante la respuesta de su aprendiz. Algo no andaba bien. Así que decidió cambiar la pregunta.

-          ¿Recuerdas tu misión?

-          Mi misión es olvidar a Maisoleia y aprender el viaje espacial por medio de la Luz Clara – respondió Sittvalar. – Pero, Maestro, Palamnova está muy lejos de Nissos. ¿Era necesario venir hasta aquí? Cuando volvamos al mundo Nissar, habrán pasado miles de años.

El Maestro permaneció en silencio unos instantes. Era evidente que la memoria de Sittvalar seguía profundamente afectada. Luego, para asegurarse, volvió a preguntar:

-          ¿Recuerdas lo que viste en el Portal de la cueva de Ngoatare?

Sittvalar se esforzó para buscar en su memoria, aun afectada por la amnesia temporal que le ocasionó su experiencia con la Palamnova, cuando pudo existir sin estar sometido a los límites físicos de su cuerpo manifestado. Después de varios titubeos, finalmente pudo hilar con claridad los detalles de la visión que tuvo en el Portal:

-          Era una multitud de Azores, eran miles de ellos. Estaban en un mundo donde hay tantas estrellas en la noche que es difícil diferenciarla de día, pero estoy seguro que era de noche. Todos ellos estaban danzando y cantando alrededor de un cubo negro muy grande, era enorme, era tan grande como la montaña por donde sale el sol en el valle donde llegaste por primera vez al mundo Nissar. En un momento, un rayo de energía muy potente salió desde el cubo y se dirigió en dirección vertical hacia las estrellas. Después vi la luna Nissar y la visión terminó en ese instante.

-          ¡La luna! ¡Por supuesto! ¡Debemos regresar inmediatamente a Nissos! Será arriesgado, pero tendremos que hacer el viaje sin la nave. ¡No tenemos tiempo! Esfuérzate por recordar, querido amigo. Tu misión es encontrar a la flor de la mañana y entregarle la piedra que es fuego y agua. ¡Debes recordarlo! Mantén esa idea fija en tu mente y no pienses en nada más. Lo que tengas en tu conciencia cuando te enfrentes a la Luz Clara es hacia donde te dirigirás en el viaje. No podemos usar la nave, tú lo has dicho, estamos muy lejos de Nissos y no tenemos tiempo. Tendremos que usar la técnica que usaste para viajar a Ngoatare. Moriremos aquí y por la Luz Clara renaceremos en Nissos. ¡Prométeme que recordarás lo que te he dicho!  Yo también me esforzaré por recordar. Nos volveremos a encontrar cuando el tiempo sea preciso.

-          Mi misión es encontrar a la flor de la mañana y entregarle la piedra que es fuego y agua. Lo recordaré. Buen viaje, Maestro.

-          Buen viaje, querido amigo – respondió el Maestro.

En ese momento, Valotessvara golpeó en la cabeza con una roca a Sittvalar, el viajero  que nació como Camaldari y renació como Nisseiri. Recitó los mantras para su amigo, su compañero de misión durante múltiples vidas. Cuando estuvo seguro de que Sittvalar había entrado en la corriente de la Luz Clara, lanzó su cuerpo al mar. Valotessvara recitó una vez más los mantras y se unió también al mar violento de Palamnova, dejándose hundir hasta que el agua llenó sus pulmones. Con la última brizna de conciencia que atravesó por su mente, repasó su misión y meditó en las enseñanzas que la Gran Mente Universal compartió hace miles de millones de eones con el Maestro del Sol aguamarina que iluminaba el planeta Camaldar. Su misión era ayudar a su amigo Sittvalar a recordar.

Oh noblemente nacido, escucha con atención. Puedes empezar a sentir que renacerás como una persona cambiada y que olvidarás todo lo que crees que debe ser recordado. Pero no es así. Diferentes imágenes de ti mismo en el futuro serán vistas por ti. La que más te obsesiona la verás más claramente. Puedes sentir ahora el poder de realizar proezas, de percibir y comunicar de manera extrasensorial, cambiar forma, tamaño y número, de atravesar espacio y tiempo instantáneamente, estas sensaciones vienen a ti naturalmente, sin método. No te distraigas, estás en el periodo de reentrada al mundo que llamas hogar. Te reunirás con quien debes reunirte y recordarás lo que debes recordar.

6

En el atardecer del día más largo del año, los cuatro viajeros terminaron de instalar la carpa, a orillas de un lago en las afueras de un pueblo de clima templado. Los hongos empezaban a hacer efecto. Los colores del ocaso aparecieron mucho más vívidos, la música que sonaba a todo volumen desde una camioneta, a unos cien metros de distancia, empezó a dilatarse y contraerse, las notas parecían dibujarse en las nubes y los corazones de los cuatro latían al mismo ritmo. Aunque la música hablaba de sexo, fiesta, alcohol y decisiones egoístas para lamentar en la resaca, el efecto del hongo hacía vibrar a los cuatro en una onda opuesta, una onda de amor, unidad, comprensión profunda y gratitud por la vida. Después de todo, no era mentira lo que decían los libros y los documentales. Incluso las palabras absurdas de los hippies tuvieron sentido: al cruzar las puertas de la percepción, la unidad de todos los seres se hacía evidente, ya todo se daba por cumplido y solo quedaban motivos para amar y agradecer.

Ni siquiera la nube oscura que se aproximaba por detrás de la montaña que formaba el lago causó efecto negativo alguno en la experiencia; la lluvia también es fuente de vida, igual que el sol, que el aire y que la tierra. De alguna manera, eso sí, tendrían que arreglárselas para mantener encendida una fogata bajo el aguacero, de lo contrario no podrían cenar esa noche. El viaje hasta el lago había sido agotador y los cuatro amigos apenas empezaban otra travesía hacia el interior de sus mentes, por los caminos de la gran red micelar a la que el hongo les permitió entrar. No podían permitirse pasar la noche sin comer.

Con gran esfuerzo lograron encender el fuego bajo la lluvia y protegerlo con un trozo de plástico que encontraron en el suelo. Se turnaron para sostener el plástico y avivar el fuego, agitando la tapa metálica de una olla que no estaban usando. Mientras los demás grupos que acampaban a orillas del lago se resguardaban en sus enormes carpas, en sus camionetas blancas, en los kioskos… los cuatro amigos, unidos por la lluvia de colores que se filtraba por sus pieles para derretir las barreras de su ego, unidos por el fuego místico que había iluminado a la humanidad desde los albores de los tiempos, unidos por el aire que es portador del espíritu, de la inteligencia y la conciencia que une a todas las mentes en una sola conciencia universal, y unidos por la tierra que les regalaba, con todo su amor, los alimentos para mantener vivos y activos sus cuerpos, sus sueños, sus ilusiones y la amistad que los unía, agradecieron la experiencia y se rieron de sí mismos, convencidos de que iban a compartir la mejor cena del universo entero.

La lluvia cesó, las nubes se disiparon y la luna llena hizo su aparición majestuosa. Los cuatro no pudieron evitar quedarse absortos, perdidos, fascinados por la contemplación de tan maravilloso regalo del Universo. El hongo y la luz de la Luna ayudaron a Valotessvara, a Gontas Sericaj, a Blor Tasaf y a Sittvalar a recordar.

-          Es una puta cagada que nos estemos tirando este planeta tan hermoso de esta manera tan ruin, tan… criminal – dijo Blor Tasaf.

-          Y además es re estúpido que tengamos que vivir para trabajar y trabajar y trabajar y no hacer más que trabajar todo el malparido año para tener solo una semana de descanso – completó Valotessvara. –No solo este sistema nos tiene vueltos mierda sino que también es lo que está acabando con la vida en el planeta.

-          Panas, a lo bien me parece que tiene que haber otra manera – dijo Sittvalar –. La humanidad ha vivido en este planeta cien mil años, tal vez más, y nosotros en trescientos años nos lo cagamos pero con toda. Es absurdo.

-          Mmmmm, trescientos años no – dijo Gontas Sericaj –. Yo diría que cinco mil años, más o menos, pero sí parce, es una completa estupidez–. Después de un instante de silencio, siguió hablando, sin dejar de mirar fijamente la Luna y los patrones de luz caleidoscópica que manaban de ella, de las nubes, de todas las formas de vida que los rodeaban. – ¿Se imaginan cómo era la vida de las personas de estas mismas tierras hace cinco mil años, antes de que todo empezara a irse al carajo?

Los cuatro quedaron en silencio y se recostaron en el pasto, aún humedecido por la lluvia, observando con atención los colores, las espirales, el conocimiento cósmico palpitando, yendo y viniendo desde las nubes, desde la música, las montañas, la Luna y desde sus cuerpos. La cuestión planteada por Gontas Sericaj era compleja y la red micelar también quería participar en la conversación.

Una espora se elevó del suelo y, bailando la danza de los tiempos, entró en la nariz de Sittvalar, llevando con ella el recuerdo de un sonido lejano y sagrado, la voz de una abuela sabia: “Siempre que te sientas perdido puedes volver a las raíces. Si le preguntas con amor, la Madre Nissar te contará con amor todos sus secretos”.

-          ¿Se imaginan qué pasaría si la Luna desapareciera de repente? – preguntó Gontas Sericaj. Sittvalar se había abstraído por completo y los tres siguieron hablando.

-          Una vez leí que toda la vida en el planeta depende de la Luna, por la gravedad y la fuerza de las mareas– dijo Blor Tasaf. –Eso crea ciclos y esos ciclos se retroalimentan, o algo así.

-          Así es. Y esos ciclos, después de mucho tiempo, millones de años, son los que crean los ecosistemas– completó Valotessvara. –Mis abuelos todavía cultivan siguiendo las fases lunares, pero pues toda esa vuelta ya se perdió y son muy pocos los que todavía lo hacen así. Tú sabes, la agroindustria, los petroquímicos y todas esas mierdas capitalistas…

-          ¿Pero qué pasaría si la Luna desapareciera de repente? – insistió Gontas Sericaj.

-          Paila. Paila la humanidad –respondió Valotessvara. –No habría nada más que hacer.

-          Ushhhhh… ¿y se imaginan que, no sé, unos extraterrestres con tecnología muy avanzada, digamos un láser muy potente desde el centro de la galaxia o algo así jajajaja, no sé qué estoy diciendo, se imaginan que esos pirobos quieran destruir la Luna? – preguntó Blor Tasaf, dejándose llevar por el juego de los escenarios hipotéticos.

-          ¿Y para qué querrían hacer algo así? – dijo Valotessvara. –De plano que destruyan la Tierra. ¿Pero para qué hacer explotar la Luna y no hacerle nada a la Tierra?

-          Jajajajaja no sé, para esclavizar a la humanidad o algo así – dijo Gontas Sericaj. Aunque… ¡ahg! Más esclavizados de lo que estamos ahora… Nos harían sufrir mucho y podrían volvernos completamente dependientes de ellos, eso sí.

-          De pronto así podrían desconectarnos de nuestras raíces, de los ecosistemas, que nos olvidemos por completo de las redes de la vida, y pues así nos tendrían como esclavos sin que podamos hacer nada para liberarnos– dijo Valotessvara. –Tal vez la humanidad sobreviviría si es que esos aliens lo quisieran, pero el resto de la vida, paila, se muere, se extingue. No sé parce, si algo así pasa, sería todo muy caótico y no, qué visaje la vida.

-          No sé jajajajaja lo único que sé es que este hongo me tiene reeeee loco – respondió Gontas Sericaj.

Sittvalar escuchó toda la conversación de sus amigos, sin decir ninguna palabra. Con los ojos de su cuerpo cerrados y el ojo de su mente bien abierto, recordó lo que debía recordar.  

-          Socitos, aguanta resto ir mañana al río– dijo Sittvalar. Luego se recostó y cerró de nuevo sus ojos, dejándose llevar por la luz caleidoscópica y las revelaciones que manaban desde el centro de su ser, con ayuda de la red micelar, la red de las raíces de las plantas.

Al día siguiente, en el río que alimentaba el lago donde los cuatro amigos de piel trigueña acamparon y recordaron, Sittvalar encontró algo entre el agua y lo tomó entre sus manos. Una piedra ovalada.

-          Ahora debes entregársela a la flor de la mañana – susurró Valotessvara.

-          ¿Qué has dicho, Maestro? – preguntó Sittvalar.

-          Jajajajjaaja qué te pasa. ¿Por qué me dices Maestro? – dijo Valotessvara. Luego volvió a susurrar, mirando al vacío. –Todos creen que los árboles son maestros, pero ellos, igual que nosotros, solo están buscando su camino hacia la Luz.

Los cuatro amigos descansaron y se bañaron en el río. Cada uno bebió una cerveza y regresaron al pueblo para ver el atardecer.

7

En la noche más larga del año, Sittvalar salió a reflexionar en soledad, bajo la luz de la luna. Había dejado todo atrás. Se sentía perdido y desorientado. La única certeza que tenía en esta etapa de su vida era que tenía que regresar a Nissos, al lugar donde la única cordillera se divide en dos y luego en tres.

En el primer viaje que hizo a ese lugar, cinco años atrás, su gran amigo Valotessvara fue su compañía. Cuando vio por primera vez los monolitos tallados con formas de animales, esparcidos por todo el valle, las fuentes de azulejos, los templos en las cimas de las montañas y las tumbas milenarias, decoradas con motivos espirales, los monumentos alineados con los polos celestes y con el plano de la eclíptica que unía los atardeceres con los amaneceres, Sittvalar sintió que algo muy profundo en su corazón y en su memoria volvía a la vida.

La sensación era la misma ahora que estaba de vuelta. Ciudades circulares enterradas por los siglos, viejos dispositivos que se activaban con la luz de las estrellas y con la acción paciente de las piedras talladas, antiquísimas tecnologías traídas de otros mundos y desarrolladas hasta la plenitud en estas montañas, los guijarros que representaban con formas espirales a los cuatro elementos, naves doradas y viajes interestelares mediante la comprensión profunda de la Luz Clara, todos vinieron a su mente como el recuerdo lejano y difuso de otras vidas y otros tiempos. ¿Qué era la Luz Clara?  

También las nostalgias parecían seguir siendo las mismas.

Su alma aún se sentía profundamente adolorida por cómo había terminado su relación con Nalinivadi. Para Sittvalar, Nalinivadi había sido la única mujer, su flor de la mañana. Él había conocido y compartido con muchas más, se había enamorado y había sufrido por apego hacia otras tantas. A una de ellas aún la estaba llorando cuando visitó por primera vez el valle donde los Andes se dividen en dos cordilleras y luego en tres, en la montaña donde una mujer tallada en piedra observó los amaneceres todos los días de los últimos cinco mil años.

Ningún dolor se comparaba con el que sentía ahora.

En el fondo de su corazón, Nalinivadi siempre había sido la única mujer, la niña vestida de sol, la flor de la mañana, la luz de las estrellas.

En otro viaje a otro lugar, Sittvalar encontró la piedra que es fuego y es agua. En ese instante, su amigo Valotessvara pronunció unas crípticas palabras que jamás pudo olvidar: “Ahora debes entregársela a la flor de la mañana”. Sittvalar sospechaba que Valotessvara no era plenamente consciente de lo que dijo, en todo caso, en ese momento aún estaban bajo los efectos del hongo y en ese viaje se dijeron muchas cosas sin sentido. Sittvalar jamás había hablado con nadie acerca de Nalinivadi. Para la época en la que encontró la piedra que es fuego y es agua, ni siquiera sabía que Nalinivadi era el nombre de aquella niña que vio alguna vez en su remota infancia y jamás pudo sacarse de su corazón, la niña que había buscado todos los días de su vida y quizás durante varias vidas más, en la mirada de todas las personas con quienes se había cruzado, la niña vestida de sol cuya sonrisa era la flor matutina de la primavera, la niña que en sus ojos llevaba el cosmos en un halo de luz.

Conocerla fue una experiencia de otro mundo. Sittvalar estaba en medio de uno de los días más tristes de su vida. Justo en el momento en el que dejó de buscarla, la niña vestida de sol apareció y el sol volvió a brillar después de la insondable oscuridad. Sittvalar no podía creerlo y, aunque seguía siendo uno de los días más tristes de su vida, también fue el momento más feliz. En su memoria jamás se diluyó el instante en el que ella pronunció su nombre: Nalinivadi. Durante mucho tiempo, la primera palabra que decía Sittvalar al despertar era Nalinivadi. Su nombre, su sonrisa, su mirada eran lo último en lo que pensaba antes de dormir. Juntos compartieron los días y las noches, memorias y dolores, las alegrías y todo lo demás.

Pero otro día, sin quererlo, Sittvalar descubrió que Nalinivadi le había mentido y le había ocultado la persona que en realidad ella era. Ya no existía ninguna forma de saber si lo que ella había compartido con él eran vivencias reales y emociones sinceras o solo el producto de una elaborada manipulación. Nalinivadi decidió mostrarle tan solo su encantadora superficie, escondiendo el interior, negándole voluntaria y conscientemente la oportunidad de conocerla de verdad y a profundidad. Lo que Sittvalar creía que había nacido entre él y la mujer vestida de sol, todo había sido un gran engaño cimentado en la decisión de no mostrarse transparente, de usar máscaras, de esconderse. Cuando Sittvalar, lleno de ira, confrontó el engaño y la mentira y puso en duda todo lo que Nalinivadi le había compartido y confiado, ella gestó un rencor abismal que se arraigó fuerte en su corazón. La relación, tanto tiempo anhelada, se rompió de manera irreversible, como todo lo que se rompe. Para Sittvalar, ocultar también era engañar.

Y el sol se ocultó. De nuevo todo se hizo oscuridad. Los dos se alejaron y nunca más volvieron a saber nada más el uno del otro. Él había intentado seguir con su vida, pero llevaba en su alma una herida abierta que jamás pudo cicatrizar. De alguna forma, sentía que su regreso a Nissos le ayudaría a sanar. No tenía la compañía de su fiel amigo Valotessvara, esa noche estaba solo. Quizás tenerlo a su lado le ayudaría a sentirse mejor. Pero quizás le convenía la soledad. En todo caso, no sabía cómo, pero sabía que debía estar en Nissos esa noche. De alguna forma lo sabía…

Una llamada entró a su teléfono y lo sacó por un momento de sus nostalgias. Sittvalar siguió caminando mientras hablaba.

-          ¡Valotessvara! ¡Heyyy mi perro! ¿Cómo has estado? Precisamente estaba pensando en ti.

-          ¡Qué se dice el Sittvalar! ¿Cómo es eso de que estabas pensando en mí?

-          Sisas jajajaja. ¡No me vas a creer en dónde estoy!

-          ¡Y tú no me vas a creer a quién me encontré!

-          Jajajajajaja paaaarce. ¡Estoy en Nissos!

-          ¡Woash! ¿Te acuerdas de la Chaquira y del Alto de los Ídolos y que lo pasamos una chimba andando en el techo de esa camioneta?

-          ¡Cómo se me va a olvidar! Justo estoy aquí, en la Chaquira. Bueno, voy bajando las escaleras. Tú te acuerdas, las escaleras para llegar al valle. Nahhh parce, qué nombre tan horrible le pusieron siendo una escultura de piedra tan bonita, tan… milenaria. Dizque la Chaquira. Pero ven, Valo, ¿a quién te encontraste?

-          Noooo perro imagínate que iba caminando por la playa y los vi a lo lejos. ¡Gontas Sericaj y Maisoleia! Te mandan saludos. ¿Sabías que se cuadraron y son novios?

Por un momento, Valotessvara no escuchó más que silencio.

-          Sittvalar… ¿estás ahí?

Silencio.

-          Aloooooo. ¿Sittvalar?

Después de unos segundos, Sittvalar respondió:

-          Sí, sí, lo siento, es que… es que…  Diles que lo mismo y que las mejores. Hey, te llamo al rato, no me lo vas a creer, pero yo también acabo de encontrarme a alguien aquí en la Chaquira. Después te cuento. ¡Un abrazo!

-          Lo mismo viejo Sittva, un abrazo. ¡Hey! Mira la Luna. Ya sabes qué hacer.

La Luna estaba en el cenit y de su contorno manaba un arcoíris.

En ese momento, un rayo eléctrico que nació en su coronilla, como llegado del cielo, recorrió toda su espalda y se dividió hasta llegar a sus pies, para volver de regreso a la coronilla, no sin antes pasar por su corazón, que latió con tanta fuerza y velocidad que simplemente no hubo más alternativa que desfallecer. Su cuerpo se sentía caliente y frío al mismo tiempo. Sus manos temblorosas sudaban y su mente se negaba a asimilarlo. ¡No podía ser real! ¿Acaso se había comido otro hongo sin siquiera darse cuenta?

No. En efecto, ella estaba ahí. Nalinivadi estaba ahí.

¡La flor de la mañana!

¡Nalinivadi!

Todo lo demás en su mundo dejó de existir y la niña vestida de sol, la mujer vestida de sol ocupó toda la profundidad del Universo. Nalinivadi miraba fijamente a la mujer tallada en la montaña.

-          Hola – dijo Sittvalar. Su voz temblaba.

-          ¿Qué haces aquí? – dijo Nalinivadi.

-          Un… no sé cómo explicarlo. Un instinto me trajo hasta aquí. ¿Y tú?

-          Mira Sittvalar, la verdad es que no quiero hablar. No te quiero ver. Por favor, vete.

Sittvalar vio que la mujer vestida de sol llevaba algo en su mano. Algo que él conocía desde mucho tiempo antes de nacer.

-          Me alegra que aún la tengas contigo– dijo Sittvalar, señalando la piedra que es fuego y agua.

La mujer sostenía un pequeño guijarro, de unos cinco centímetros de diámetro, con forma ovalada, de un color naranja intenso como el fuego, combinado con un fondo negro, tan oscuro como la profundidad del océano. Juntos, el fuego y el mar creaban un patrón que hacía recordar el fluir rítmico de la vida a través de todos los mundos habitados de la galaxia. La piedra que es fuego y es agua estaba en manos de la flor de la mañana. Juntos estaban bajo el arcoíris lunar.

Entonces, sin decir ninguna palabra, Nalinivadi tomó impulso y arrojó el guijarro tan lejos como sus fuerzas se lo permitieron. Después dio la vuelta y subió corriendo las escaleras hacia la cima de la montaña.

Sittvalar quedó aturdido. Quiso correr detrás de ella. Pero se detuvo.

Jamás pudo sacarla de su corazón y todos los días había pensado en ella. A pesar de las máscaras y los engaños, a pesar del sufrimiento, a pesar de que ella no quería saber nada más de él y que le había pedido varias veces que se alejara y la olvidara, Sittvalar aún soñaba con ella. Pero, en ese momento, mientras la veía alejarse, comprendió que la historia entre los dos ya había terminado. Él la había encontrado y le había dado la piedra que es fuego y es agua. Ella sabía qué hacer. Y lo hizo. Lo hizo bajo la luz del arcoíris lunar, tal como debía ser. Ella cumplió con su parte. Ella debía estar en el lugar y momento precisos, con la configuración emocional exacta para arrojar la piedra que es fuego y es agua hacia un lugar específico del valle donde la mujer tallada en la montaña miraba todos los días hacia el amanecer.

Sittvalar se sentó frente a la Chaquira, donde los Andes se dividen en dos y luego en tres. Contempló el valle donde, en algún lugar, había caído la piedra a la que había sido guiado años atrás por un impulso extrasensorial, micelar, más allá de las limitaciones del tiempo, el espacio, la vida y la muerte. Lloró como jamás había llorado antes. Y cuando la tristeza hubo agotado la reserva de sus lágrimas, se puso en pie y suspiró. En ese momento, la piedra que es fuego y es agua respondió a su pesada exhalación, se elevó de la profundidad a la cual había sido arrojada apenas hacía unos minutos y flotó hasta posarse frente a sus ojos. Entonces, la mujer de la montaña, la piedra que flotaba y todos los monolitos dispersos en el valle emitieron, durante un segundo, una luz blanca y cegadora hacia todas las direcciones.

Confundido, buscó el único resquicio de oscuridad del que dispuso y, por instinto, dirigió su mirada hacia la profundidad del cielo. Y con la frente en alto, pudo ver cómo sucedía lo imposible: El espaciotiempo se resquebrajó ante sus ojos, la órbita de la Luna detuvo su flujo infinitesimal, otrora imperturbable, y dio un salto repentino en el espacio. Desapareció y reapareció de manera instantánea, teletransportada a una distancia igual a su diámetro aparente en el cielo. Cuatro minutos de mecánica celeste se comprimieron en un suspiro holográfico. Y un segundo después, un potente rayo de energía que venía desde la constelación de Sagitario, disparado desde el centro de la galaxia, pasó rozando la superficie de la Luna y se perdió por siempre en el vacío del espacio.

La Luna, la madre de la vida, seguiría brillando para el mundo Nissar una noche más. Nalinivadi, la flor de la mañana, la luz de las estrellas, había cumplido su misión.